jueves, febrero 22

Alacrán 1997, un gol para lograr la igualdad de oportunidades a través del fútbol en Madrid | Fútbol | Deportes

Cuando quedan pocos minutos para que den las cinco de la tarde, la puerta del Colegio Filósofo Séneca de Hortaleza comienza a llenarse de padres de familia. Conforme pasa el tiempo y se acerca el cambio de hora, las distintas conversaciones, que antes se escuchaban con claridad, se convierten en un murmullo general mientras más gente se va acercando a la pequeña cancela de color naranja que da acceso al patio escolar. Lo poco inteligible a la distancia revela que las charlas de los presentes giran en torno a sus hijas: anécdotas del cole, la más reciente ocurrencia graciosa o la última enfermedad de la que se han repuesto. Todos han traído a sus pequeñas, de ocho y nueve años, a un entrenamiento de fútbol en Alacrán 1997, una asociación sin ánimo de lucro que se dedica a promover, a través del deporte, el desarrollo personal y social de la infancia, en especial de aquella que se encuentra en situación de riesgo o vulnerabilidad. A las cinco suena el timbre, la puerta de metal se abre y el fútbol comienza.

La entrenadora del equipo, Montserrat Velarde (36 años), las acompaña hasta la cancha de fútbol sala ubicada en el patio, que en cada extremo tiene una portería con los postes pintados a rojo y blanco, y las redes perforadas por los goles que reciben. Montse, como le gusta que la llamen, viene de una familia con una gran tradición futbolera, pero como a muchas otras niñas de su época, sus padres no la dejaban practicar el deporte: “Mi padre era entrenador de fútbol, mi hermano también jugaba y mi tío llegó a entrenar al Rayo Vallecano, pero a mí no me dejaban jugar, por ser chica y por ser la menor de la familia”, recuerda Montse, que de pequeña se cubría los moretones al llegar a casa, para que sus padres no descubrieran que había jugado a la pelota en alguna pachanguita.

Montserrat Velarde, entrenadora del equipo de benjamines de la asociación Alacrán 1997. Jaime Villanueva

Como consecuencia de su historia personal, Montse se ha encargado de despejar ese tipo de barreras para sus dos hijas, de siete y nueve años, que también forman parte del equipo de benjamines de Alacrán 1997. Desde su trinchera, celebra la visibilidad que el fútbol femenino ha ido ganando en los últimos años: “Cada vez las chicas tienen más referentes mujeres y los chicos cada vez ven más fútbol femenino, se está dando un cambio de mentalidad importante. Ahora mi padre, que no me dejaba jugar, viene a vernos y le dice a mi hija ‘desayuna fuerte que tienes partido”, relata mientras se le ilumina la mirada. “Aquí estoy de voluntaria y es un sacrificio, pero mi recompensa es ver a mis niñas disfrutar de lo que yo nunca pude a su edad”, dice quien confiesa haber recibido ofertas laborales de otros equipos. “Me han ofrecido trabajo fuera de Alacrán, haciendo lo mismo que hago aquí, solo que con un sueldo. Pero es que aquí están mis hijas y, además, si me pagaran por hacer esto, creo que no lo haría”, finaliza Montse, que complementa su pasión con un trabajo en una compañía de seguros.

Rubén López (45 años), coordinador de la entidad, explica que una de las tres consignas principales de Alacrán 1997 es tener dos equipos, uno femenino y otro masculino, en cada una de las once categorías que operan, que van desde los seis hasta los dieciocho años. La segunda consigna es que los menores que quieran entrar al equipo, puedan hacerlo sin que sus padres tengan que pagar una cuota: “Los socios acordamos que nunca iba a pasar que quien no tuviera dinero para pagar, se quedara sin jugar al fútbol”, comenta López, que junto con un grupo de amigos de la juventud, inició el proyecto formativo hace ya trece años, con el objetivo de “regresar algo al barrio” en que crecieron. La tercera consigna es que todos los que quisieran formar parte de la estructura de Alacrán 1997, tenían que hacerlo como voluntarios. Actualmente son 40 personas las que, sin percibir un sueldo, se desempeñan en puestos de administración, operación y dirección técnica dentro de la asociación.

Para que el proyecto pueda mantener esas tres características —igualitario, gratuito y voluntario— la financiación externa es clave. Según apunta López, la asociación intenta autofinanciarse con rifas navideñas, mercadillos solidarios y donaciones de los propios socios, pero esto solo constituye el 15% del presupuesto anual. El 85% restante, con el que se sostienen los gastos operativos, se alquilan instalaciones y se compran balones e indumentaria, proviene de fuera, tanto del sector público como del privado, siendo Fundación La Caixa uno de sus principales impulsores. Joana Prats, directora de Relaciones con Entidades Sociales de la fundación, señala que se escogió el proyecto Alacrán 1997 entre varias propuestas debido a que promueve “la actividad física, la inclusión social, la conexión con el territorio, la implicación de las familias y la educación no formal”.

López contribuye profundizando en este último aspecto, al señalar que a ciertas jugadoras de las categorías más grandes, de 14 a 17 años, que les ven cualidades de liderazgo y entendimiento del juego, les ofrecen también la oportunidad de formarse para certificarse como entrenadoras. “Siempre es importante tener una salida laboral. Aunque no terminen dedicándose a ello, a todos nos viene bien saber cómo ganarnos un ingreso extra en alguna etapa de nuestra vida”, dice el coordinador. Una de estas alumnas destacadas es Irina Sanseroni, de 16 años, con la que basta cruzar apenas un par de palabras para dar fe de su desarrollada madurez. “Nunca había formado parte de un equipo de fútbol, porque mi familia no podía permitírselo, hasta que llegué a Alacrán. Aquí aprendí que hay que luchar por tus objetivos, por muy lejanos que parezcan”, apunta quien formó parte de las categorías menores y ahora asiste a Montse durante el entrenamiento del equipo femenino de benjamines. “Intento transmitir los valores que aprendí a las más pequeñas”, remata con entusiasmo.

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